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SUSAN MEZQUITA O LA CORPOREIDAD COMO LIMITE
Laura Gil Fiallo

Siendo la obra de arte no solo un fenómeno de creación, sino también un fenómeno de comunicación, la noción de contexto resulta esencial para toda caracterización, valoración o lectura, por lo que la obra pictórica reciente de una joven artista dominicana como Susan Mézquita debe leerse siguiendo algunas coordenadas.

Por ejemplo, es esencial comprender que hacer pintura es para una artista joven en nuestro país una opción muy significativa, puesto que supone una apuesta por las posibilidades de renovación implícitas en un medio que muchos consideran ya como excesivamente conservador, obsoleto y periclitado. Para algunos artistas son la fotografía, el vídeo. La performance o la instalación los únicos instrumentos capaces de expresar artísticamente el presente con los medios del presente, y la única opción válida y factible de unas formas adecuadas a los nuevos contenidos, tanto mas que como diría Mc Luhan, el medio puede llegar a ser en sí mismo el mensaje.

Hacer arte a través de la pintura sería hoy, como propósito un anacronismo, un intento de echar el vino nuevo en odres viejos. La creación sería hoy en día incompatible con el oficio de la pintura, que quedaría rezagada como un recurso artesanal adecuado apenas a propósitos decorativos.

Lo cierto es que el reto de la pintura está mas vivo que nunca, pero cambia de significación de acuerdo a los tiempos. Pese a la diversificación de los recursos técnicos de la fotografía y de la capacidad de subordinar el realismo objetivo a la imaginación que están demostrando los fotógrafos contemporáneos, sigue siendo la pintura un producto directo del vínculo primero entre la mano y la fantasía, con una capacidad de irradiación emocional que difícilmente alcanza el arte del lente, que, no se nos ocurriría negarlo, tiene también su propia magia.

Frente a la instalación, otra técnica desarrollada por Susan Mézquita en su propuesta artística, y todas las formas tridimensionales, o del espacio-tiempo, la pintura y el dibujo adquieren además un matiz proyectivo, una identificación inmediata con el universo de lo intangible, que la acerca hasta cierto punto a la música, pero todavía mas a la experiencia del espacio sagrado que deban los templos antiguos en civilizaciones en las que el cientifismo occidental no había cercenado todavía el vínculo de lo cotidiano con lo sacro.

Este espacio, radicalmente diferente del espacio tridimensional de las acciones pragmáticas y de la tecnología y la ciencia, es un ámbito para un tipo de corporalidad que es a la vez representativa -recordemos la teoría luckasiana del espejo- y paralela a la corporalidad empírica. La escultura puede dar cuerpo al fetichismo, pero la pintura es mas apta para actuar como un campo donde la energía del universo se corporaliza al mismo tiempo que manifiesta su fluidez, su esencia cambiante.

Hasta qué punto son los cuerpos concretizaciones momentáneas de las energías del Cosmos, es lo que nos revelan las pinturas de Susan Mézquita. Hay un entramado de trazos que parece girar y agitarse hasta fijar una imagen como las que a menudo imaginamos -o tal vez soñamos- en las nubes del cielo.

Hay algo de la visión griega, y también heideggeriana, de la Naturaleza, en estas formas que, como las estilizaciones modernistas, a menudo evocan el mundo vegetal, y otras lo humano. Hay una identificación romántica, además, entre mujer y naturaleza, que tiene sus raíces en el siglo XIX, pero que en el siglo XX ha dado lugar a la mística de los diversos eco feminismos.

De todos modos, la noción de limite es aquí sustancial. El dibujo es límite, la existencia misma de los entes se identifica como una delimitación de una esencia separada del magma de la vacuidad de donde todo surge. La fisis es un principio dinámico, y la existencia momentánea de los seres se sustenta en el trazado de una frontera que los diferencia de un entorno, que a la larga volverá a engullirlos para darlos a la luz una y otra vez.

La existencia humana es, además esencialmente gestual, expresiva, y la silueta del ser es también, en la obra de Susan Mézquita, el perfil de un alma sumida en la pasión o la contemplación, que en última instancia, es el alma del mundo, limitada como alma individual, dolorosamente, por un instante luminoso o sombría.