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Interesante exposición la de Susan Mézquita en Casa de Teatro. A través de ella se pone en evidencia las preocupaciones existenciales de una artista joven, indagadora y comprometida en con su realidad, de modo tal que sus obras quedan insertas sin falsas estridencias en la trama de lo cotidiano, a la vez que se expresan, inconscientemente y por medio de un lenguaje metafórico, en torno a dos temas en apariencia inconexos: mujer e isla. De modo intuitivo abordamos posibles sentidos de Circundar, la palabra que titula la muestra, para examinarnos hacia lecturas derivadas de su concepto y relacionarlas con las imágenes. En la primera sala (de las dos que abarca la exhibición) se despliega un conjunto de telas menos recientes, en las que Mézquita iniciara, con el retrato de cuerpos femeninos, el conjunto exhibido. Algunos se perciben en posiciones cerradas, oprimidos u obstruido su desplazamiento, por la presencia de formas sólidas con texturas pétreas o aceradas. Otros, inmersos en su contexto de matas (árboles) que no fluyen ni prodigan vida, sino que vegetan y entornan hasta la asfixia, surgen hacia el primer plano con una sensualidad engañosa, enigmática y sin respuesta cierta. De estas mujeres no vemos su rostro, pues las cabelleras lo ocultan, lo borran o lo ahogan. Están aisladas en una realidad angustiante que se traduce también en los títulos con un afán de expresar sensaciones, sentimientos y sobresaltos auténticos, propios de situaciones geográficas, sociales o culturales. Evocan, como referente ciertamente obvio a la isla que las contiene, circundada por las aguas de un destino aparentemente inmóvil. De inmediato pasamos a la sala contigua, donde Susan ha instalado un políptico que titula con las primeras palabras del poema de don Pedro Mir: Hay un país en el mundo. De figuración colorida, los pequeños cuadrados que lo conforman ensayan el rompecabezas de la soledad. En el centro, a pesar del pesimismo, la mano que ofrece la rosa, se nutre de una esperanza que trasciende, en su belleza gestual y simbólica, la misma acción de dar. Mézquita domina con soltura el dibujo, y esto se evidencia en su pintura, no sólo por el protagonismo de la línea, sino por la solidez estructural de los volúmenes. No obstante tiene una fuerte tendencia hacia la abstracción, lenguaje que cultiva sin vacilaciones en el grabado. Una de sus últimas pinturas, a nuestro entender la más contundente a causa de su síntesis, y la que mejor expresa el discurso argumental de la muestra, parece anunciar una etapa de esa opción formal. Con relación al color, su paleta se ha enriquecido por el aporte de rojos y verdes de gama variada. Es importante destacar la división espacial que logra la artista con simples rectángulos de madera y alambre de púas. Si bien delimitan de modo tajante las dos salas, su ligereza y transparencia facilitan la visión, así como la intervención de la brisa que circula y, al mecerlos, los despoja de su agresividad. La autora comenta sobre las preocupaciones de una artista comprometida con la realidad, a lo largo de toda su obra. |